La izquierda institucional presume de ser la voz del cambio, pero hace tiempo que confundió la transformación social con la gestión de su propia imagen. Ha sustituido la defensa de los trabajadores por el marketing político, la confrontación con los privilegios por los gestos simbólicos y el compromiso con la justicia social por una competición permanente de eslóganes.

Mientras los salarios pierden poder adquisitivo, el acceso a la vivienda se convierte en un lujo y la precariedad se normaliza, gran parte de esa izquierda parece más preocupada por ganar debates en redes sociales que por recuperar derechos materiales. Habla constantemente de revolución desde los despachos, pero gobierna con la misma lógica burocrática que decía combatir.

También genera críticas la política migratoria. Para numerosos españoles resulta incoherente que quienes desean inmigrar cumpliendo los requisitos legales deban enfrentarse a trámites tediosos y complejos, mientras la gestión de la inmigración irregular es una crisis descomunal de falta de control de las fronteras como está sucediendo a día de hoy en Ceuta. Esa percepción alimenta un profundo sentimiento de injusticia entre quienes respetan las normas migratorias.

Resulta paradójico que quienes se presentan como la alternativa al sistema terminen justificando muchas de sus inercias cuando alcanzan el poder. La crítica desaparece, las promesas se diluyen y la rebeldía se convierte en protocolo institucional. El político promete y promete hasta metérnosla, y una vez metida, olvida lo prometido.

Por ejemplo la ley mordaza sigue sin derogarse -Ley de Seguridad Ciudadana (2015) superó su undécimo aniversario en julio de 2026, y su derogación sigue estancada en el Congreso: la ponencia encargada de la reforma ni siquiera se ha reunido en 2026 y las negociaciones están congeladas. Sánchez prometió derogarla al llegar al Gobierno; esa promesa sigue sin cumplirse tras varios intentos fallidos de reforma desde 2016. La violencia policial sigue quedando impune, con la muerte reciente de Ander Errantz en Santurtzi sin encausar a ninguno de los agentes involucrados.

Pérdida de poder adquisitivo de los salarios y vivienda como “lujo”: A mediados de 2026, las subidas salariales pactadas en convenio (3,01%) se han quedado por debajo de la inflación (3,2%), lo que significa que unos 8,2 millones de trabajadores están perdiendo poder adquisitivo real, rompiendo una racha de 19 meses de ganancias reales. Los salarios subieron cerca de un 30% en la última década, mientras que los alquileres subieron un 82%, muy por encima de la inflación general. La brecha entre salarios y vivienda es real y está bien documentada.

Crisis migratoria en Ceuta “a día de hoy”: Con el gobierno delegando la gestión de fronteras a potencias extranjerad como Marruecos más de 49.000 personas cruzaron desde Marruecos a Ceuta en menos de dos días, colapsando los centros de acogida y provocando el despliegue del Ejército y la Guardia Civil. Las estimaciones del Gobierno sitúan la cifra desde el viernes en torno a 60.000, y Euronews sugiere que podría tratarse del mayor intento de cruce irregular hacia la UE en un periodo tan breve. También está generando repercusiones internacionales: Italia y Finlandia han pedido valorar la posible exclusión de España de Schengen, mientras Francia ha reforzado su propia frontera. Es previsible que aumentará exponencialmente la delincuencia en nuestro país.

Corrupción: La Audiencia Nacional mantiene varias causas judiciales abiertas contra cargos vinculados al PSOE, incluyendo investigaciones sobre Begoña Gómez (esposa de Sánchez) y David Sánchez (su hermano), ambos pendientes de juicio oral en distintas causas. José Luis Ábalos, ex ministro de Transportes y putero profesional, fue condenado por el Tribunal Supremo. Y Unidas Podemos destaca también con los casos recientes de acoso sexual.

Una izquierda que olvida que su razón de ser era defender a la mayoría trabajadora acaba pareciéndose demasiado a aquello que decía combatir. Cuando la política se reduce a gestos, identidades y propaganda, mientras los problemas cotidianos siguen sin resolverse, deja de ser un proyecto transformador para convertirse en una caricatura de sí misma.

La izquierda española parece haber olvidado aquello que durante décadas decía ser su razón de existir: la defensa del trabajador. Mientras el poder adquisitivo se erosiona, el acceso a la vivienda se convierte en un lujo y las condiciones laborales de millones de personas empeoran, buena parte del debate político gira en torno a cuestiones identitarias que ocupan un espacio desproporcionado respecto a los problemas materiales de la mayoría. Una cortina de humo sobre los problemas que sufre la población.

Muchos ciudadanos perciben una contradicción evidente. Se multiplican los debates sobre identidades de género y lenguaje inclusivo mientras los salarios pierden poder de compra, la precariedad se cronifica y cada vez resulta más difícil construir un proyecto de vida estable. Por eso, más que una izquierda transformadora, a menudo parece una izquierda institucional de chiste: mucho discurso grandilocuente, poca autocrítica y resultados que rara vez están a la altura de las promesas.

No hay catecismo del buen izquierdista. No hay manual de ortodoxia. No hay tribunal formal que juzgue herejías. Y sin embargo, existe conjunto preciso de creencias, actitudes, posturas, lenguajes que debes adoptar para permanecer dentro del grupo. El movimiento se ha convertido en subcultura identitaria con códigos más rígidos que cualquier religión. Y quien transgrede esos códigos no enfrenta argumentos sino excomunión.

El resultado es autocensura paralizante. Cada vez que hablas, calculas: ¿usaré término que alguien considerará problemático? Y como las reglas cambian y nunca están explícitas, es imposible estar seguro. Entonces hablas cada vez menos, o hablas solo repitiendo fórmulas seguras, o dejas de pensar críticamente porque articular pensamiento complejo requiere lenguaje que inevitablemente transgredirá alguna norma.

Cuando la política deja de centrarse en el empleo, el salario, la vivienda, la seguridad y la igualdad ante la ley para priorizar batallas culturales, corre el riesgo de alejarse de las preocupaciones cotidianas de la mayoría. Esa desconexión explica el creciente desencanto de muchos antiguos votantes que sienten que sus problemas reales han dejado de ocupar el centro del debate.

Gonzo Avatar

Published by

Categories:

Leave a comment